La Silla Vacía · La Silla Amazonía
Gobierno Petro perdió el impulso de monetizar la biodiversidad
Menos de 100 millones de pagos por acceso a recursos genéticos en 10 años muestran que no ha sido prioridad de ningún gobierno, pero el impulso que tuvo en este se perdió.

El color azul es el más difícil de obtener en la naturaleza y Colombia es hoy uno de los cinco proveedores a nivel mundial para el sector alimentos, con una cualidad diferencial: su colorante natural se mantiene estable al mezclarlo con sustancias ácidas. La jagua, el árbol que lo produce, se ha encontrado en Chocó, Antioquia y el Magdalena Medio, aunque Eco Flora, la empresa de Medellín que tras quince años de trabajo obtuvo el permiso para su comercialización en todo el mundo, cree que puede estar a lo largo y ancho del país.
Las comunidades afro e indígenas han usado tradicionalmente su fruto para tatuarse o teñirse el pelo. Para la industria, la científica chocoana Sandra Zapata —producto de su tesis doctoral en la Universidad de Antioquia— desarrolló la fórmula para extraer el azul de jagua y convertirlo en un colorante que no tiñe el organismo al consumirlo ni tiene ningún efecto adverso.

No es un caso fortuito. Colombia, gracias a Chocó, es el país más biodiverso del mundo por metro cuadrado. En aves y en orquídeas es el que más especies tiene, y comparte con otros ocho países la Amazonía, que cubre un 42 por ciento de su territorio y alberga el 10 por ciento de la biodiversidad del mundo. Pero su modelo económico está lejísimos de responder a esa realidad.
Eco Flora no ha empezado a dar utilidades aún, aunque tiene un futuro promisorio. Este año la demanda de su colorante equivale a 70 toneladas de jagua, y calcula que en 2032 podría llegar a las 500. Por ende, tampoco ha empezado a pagar regalías al país por la comercialización de su producto.
En el mundo, los sectores farmacéuticos, de alimentos, cosmético, entre otros, que están basados de manera importante en el uso de biodiversidad y sí generan amplias ganancias, no comparten, en todo caso, los beneficios equitativamente.
Para el uso del material genético derivado directamente de las plantas, microorganismos y hongos —que son patrimonio de la nación— muchos países tienen normas que regulan el acceso y pago de recursos, aunque su alcance es aún limitado. Pero desde hace años mucha de la información de cómo son y cómo funcionan las especies, que es usada por la ciencia y la industria, está digitalizada y es difícil ya saber de dónde proviene. Se conoce como información de secuencias digitales (DSI). Sobre esta muy pocos países reciben hoy algún ingreso.
En ese contexto, La Silla Amazonía investigó cuál es la situación de Colombia con respecto a la monetización de su biodiversidad. Encontramos que más de 40 mil patentes registradas en EE. UU. mencionan plantas endémicas de la Amazonía colombiana y no es claro que las empresas titulares paguen algo por ese uso al país.
Por otro lado, las regalías que ha recibido el gobierno colombiano en los últimos diez años son irrisorias: no superan los cien millones de pesos, lo cual refleja un mercado y un ecosistema empresarial que aunque tiene mucho potencial, es incipiente, en buena medida debido a la falta de impulso y visión de las políticas públicas. Lo cual no cambió en el gobierno Petro, afín a la causa.
Y el Fondo Cali, el mecanismo multilateral aprobado en la COP16 de biodiversidad, bajo el liderazgo de la exministra de Ambiente Susana Muhamad, que busca corregir esa desigualdad en el reparto de beneficios por el uso de la biodiversidad y que podría ser una fuente importante de ingresos para Colombia, todavía está lejos de implementarse.
El gobierno colombiano reconoció, además, que no es una de sus prioridades actuales y aunque está participando en las discusiones sobre las reglas para que sea operativo, los esfuerzos para movilizar la opinión y a los actores involucrados —como empresas y pueblos indígenas o comunidades locales que podrían beneficiarse— son casi nulos.
Durante décadas, empresas han mencionado biodiversidad de la Amazonía colombiana en miles de patentes
Como el Fondo Cali todavía no tiene un mecanismo claro para rastrear qué empresas usan material genético o información genética digitalizada, y esta información no es de fácil acceso ni está centralizada en el mundo, La Silla hizo un ejercicio propio: identificó patentes registradas en Estados Unidos que mencionan especies y subespecies endémicas de la Amazonía colombiana, de acuerdo a la base de datos de Biodiversidad del SIB del Instituto Humboldt, y, además, cruzó la ubicación de las especies con la delimitación de los resguardos indígenas registrados en la Amazonía, según la base de datos del Igac.
Aunque esta mención de especies es un acercamiento o indicador y no es una medida exacta de su uso —lo que requiere revisión caso por caso—, el resultado da una noción de la dimensión del peso de la biodiversidad colombiana en la industria global. Desde el año 2000, La Silla encontró 41.556 patentes que han relacionado en sus solicitudes material genético de especies propias de la Amazonía colombiana. De estas, cerca del 38 por ciento corresponde a información genética digitalizada, es decir, secuencias o datos genéticos que pueden usarse sin acceder físicamente a la planta.
Patentes sobre recursos que mencionan biodiversidad de La Amazonía colombiana
Cantidad de patentes registradas sobre recursos biológicos físicos (no información genética digital) por año, entre 2006 y 2025.
Fuente: USPTO (United States Patent and Trademark Office); consolidación La Silla.
El uso creció durante las últimas dos décadas, aunque empezó a caer desde 2020, lo que coincide con una regulación más estricta en Colombia y una mayor presión internacional para rastrear el origen de los recursos genéticos.
Las patentes están concentradas justo en los sectores que se espera que hagan aportes al Fondo Cali: farmacéutico, alimentos, semillas, agroquímicos y biotecnología. Solo el sector farmacéutico concentra el 33 por ciento de las patentes que mencionan especies de la Amazonía colombiana.
Patentes que mencionan biodiversidad de la Amazonía colombiana por sector
Los 15 sectores con más patentes sobre recursos biológicos (incluyendo DSI) entre 2014 y 2025. Farmacéutica, biotecnología y química concentran la mayoría.
Fuente: Clasificación WIPO sobre registros de patentes de la USPTO; consolidación La Silla.
Además, el análisis encontró que el 65 por ciento de esas patentes mencionan material genético de especies presentes en resguardos indígenas. La etnia más mencionada es la witoto, que habita el sur de la Amazonía colombiana: el 34 % de las solicitudes de patentes que mencionan material amazónico relacionan especies que provienen de territorios asociados a ese pueblo (al final de la nota está el aplicativo).
Pero casi ninguna reporta pagos públicos por ese uso a fondos o acuerdos de reparto de beneficios
La Silla revisó los informes públicos de gestión social y financieros disponibles de las 20 organizaciones con más registros desde 2014 y no encontró pagos públicos verificables —con monto, beneficiario y soporte del pago— específicamente ligados al uso de material genético o DSI. El registro hoy disponible, el del Fondo Cali, muestra que al cierre de 2025 solo había recibido una contribución pública, por US$1.000, hecha por la start up TierraViva AI Limited. Aunque esta no cumple con las condiciones de monto de utilidades, ingresos ni activos para aportar a ese mecanismo, hizo un aporte simbólico para animar a otras empresas a hacer lo mismo.
Las 20 empresas que más patentan biodiversidad
Monsanto y Pioneer Hi-Bred encabezan el ranking global de patentes sobre recursos biológicos físicos registradas entre 2014 y 2025.
Fuente: Registros de patentes de la USPTO; consolidación La Silla con clasificación WIPO.
Eso no significa que las compañías no tengan reglas internas. Algunas de las más grandes sí reportan políticas de cumplimiento. Bayer —grupo al que hoy pertenecen los activos de Monsanto, la que más registro de patentes tiene en la revisión que realizamos— le dijo a La Silla que su investigación y desarrollo es de acuerdo a la normatividad y obligaciones contractuales que rigen el acceso a los recursos genéticos. Mencionó el Fondo Cali, con respecto al reparto de beneficios por el uso de información genética digital o DSI, y dijo que los detalles para su funcionamiento siguen siendo objeto de implementación. “Participamos activamente en estos debates y buscamos contribuir de manera constructiva al desarrollo de un sistema viable”, dijeron.
Bayer también señaló que la información de patentes disponible para consulta pública no es suficiente para determinar el alcance técnico de una invención o el origen geográfico específico y las condiciones de acceso a los organismos o microorganismos mencionados en ellas cuando corresponda, y que cada caso debe evaluarse a la luz de su documentación específica.
La multinacional química BASF cita el Protocolo de Nagoya, un marco normativo internacional que impone obligaciones a los usuarios de recursos genéticos, y cita, incluso, pagos compensatorios que hizo producto del mismo. GSK reporta que adquiere y transfiere materiales biológicos bajo licencias, acuerdos o autorizaciones. Novonesis afirma que alinea sus acciones con los principios de acceso y participación en beneficios. Symrise habla de un reparto justo con pueblos indígenas. Y Syngenta exige a sus proveedores informar el país de origen y la fecha de primer acceso a los recursos genéticos usados. Pero en los documentos públicos revisados ninguna de esas compañías detalla cuánto pagó, a quién le pagó o bajo qué contrato concreto compartió beneficios por el uso de material genético físico o DSI.
Mientras esa trazabilidad no exista, seguirá siendo casi imposible saber si el valor extraído del material genético de territorios biodiversos —incluidos los indígenas— está retornando en alguna medida a quienes lo conservan.
Colombia: la última entre sus vecinos en el peso de la bioeconomía en su PIB
A pesar de que Colombia es uno de los países más biodiversos del mundo, es, de lejos, el país de la región —entre los que miden este indicador— que tiene la menor participación de la bioeconomía en el PIB.
Colombia, último entre sus vecinos en bioeconomía
El peso de la bioeconomía en el PIB colombiano es de apenas 0,13 %, frente al 19 % de Brasil. Una brecha que ningún plan de gobierno ha cerrado. Datos con corte a 2024.
Fuente: Comparativo regional de bioeconomía, La Silla. CBD, informes 2020–2024.
Esta bioeconomía no se refiere específicamente al dinero pagado por el uso de recursos naturales, sino a todas las actividades relacionadas con material biológico. El Dane la define como el “conjunto de actividades económicas que producen bienes y servicios que provienen de material biológico de manera parcial o completa, incluyendo la investigación, el conocimiento y la innovación”. Esto incluye el valor agregado en el PIB de actividades como el bioturismo o la producción de colorantes naturales. Es la proporción de la plata que se hace en la economía, pública o privada, que viene de este sector.
La baja participación de la bioeconomía puede depender de múltiples factores. Uno de ellos es la limitada inversión pública: el gasto en bioeconomía representó en 2024 apenas el 0,04 % del gasto del gobierno en temas ambientales. Esto equivale a sólo 4 mil 700 millones de pesos.
Incluso, su participación ha disminuido levemente en los últimos años. En 2019 representaba el 0,14 % del valor agregado de la economía, en 2022 se mantuvo en 0,14 % y cayó a 0,13 % en 2024, el último año con datos disponibles. Esta baja coincide con la reducción de la inversión del gobierno en este sector, que pasa de 0,08 % en 2015 a 0,04 % en 2024 de lo invertido en temas de ambiente.
El ecosistema débil, pero promisorio de la economía de la biodiversidad en Colombia
En Colombia está cerca de aprobarse un medicamento para tratar el cáncer gástrico a base del fruto del dividivi, un arbusto que parece un chamizo, familiar para quienes han ido al Cabo de la Vela en carro.
Susana Fiorentino, la mayor accionista de Dreembio, la empresa que lo está produciendo, cuenta que las propiedades de las plantas no son evidentes a simple vista. Generalmente, los científicos como ella, cuando llegan a un territorio, preguntan a las comunidades que lo habitan por los usos que tienen en el día a día.

Los campesinos de Boyacá, donde también se da el dividivi, le contaron que lo usaban para la sinusitis, que es un proceso inflamatorio de las vías respiratorias, pero también le dijeron que dañaba los dientes. Esos dos datos le indicaron que podía servir para tratar el cáncer —que es un proceso inflamatorio de las células— y que si dañaba los dientes era porque tenía unos compuestos que se podían oxidar rápidamente y ser tóxicos.
Esas moléculas usadas en una justa medida pueden matar las células tumorales. El dividivi además activa la respuesta inmune en el organismo y potencia los efectos de la quimioterapia en los pacientes. Encontraron que los pacientes que lo usan tienen más posibilidades de eliminar el tumor.
Tras cinco años, casi 5 mil millones invertidos y varias fases de experimentar en pacientes sanos y enfermos, el medicamento está en la recta final para poder ser comercializado en Colombia y en América Latina. El camino que ha recorrido Dreembio confirma lo poco competitivo que es Colombia en el sector y las dificultades que enfrentan las empresas para salir adelante.
A nivel mundial existen diferentes marcos normativos que regulan el acceso a material genético. Uno de los más importantes es el Protocolo de Nagoya, que buscó ser un escudo para que los países defendieran la soberanía sobre sus plantas, microorganismos y hongos, de manera que cualquier persona o empresa que quisiera acceder a ellos con fines de investigación deba pedirles permiso. Y también tuvo como objetivo que la industria tuviera que acordar con los Estados un reparto equitativo de los beneficios derivados de su uso, especialmente cuando se desarrollan productos o servicios a partir de esas especies.
Aunque el gobierno Santos suscribió Nagoya en el año 2011, nunca se pudo ratificar. Lo intentó hacer el exministro de Ambiente Luis Gilberto Murillo, pero en 2018 el MinInterior determinó que requería consulta previa en todo el país. Los cálculos de la fecha eran de cerca de 11 mil millones de pesos para hacerla. Agotado ese proceso, requería, además, dos rondas en el Congreso para ser aprobada por ser una reforma constitucional.
Eso ha implicado que Colombia no hable el mismo lenguaje del resto del mundo en materia de manejo de la diversidad biológica, y que algunas empresas o países no sientan seguridad jurídica. La falta de Nagoya ha sido parcialmente solventada, en todo caso, con un marco normativo que Colombia viene desarrollando desde 2013. Los mayores impedimentos para que Colombia hoy sea una potencia en el uso de sus recursos genéticos, a la altura de Brasil o Costa Rica, pasan, sobre todo, por la falta de una apuesta de gobierno, de inversión e incentivos para desarrollar ese sector.
“No hay ninguna exención tributaria, ni apoyos económicos para que las empresas puedan solventar sus gastos fijos de nómina, arriendo, por lo menos temporalmente”, dice Fiorentino. Sin el apoyo de la Universidad Javeriana, que ha sido su financiadora y es la dueña de la patente, y sin su propio trabajo como profesora de esa institución, cree que no habría sido posible.
Por eso, aunque a su empresa no le aplica el Fondo Cali por no estar en el rango de ingresos, le cuesta la idea de que además de la poca ayuda gubernamental las empresas tengan que eventualmente hacer aportes a ese mecanismo. Cree que tiene más sentido fomentar la industria como tal por la riqueza que ésta genera a través de impuestos, empleos y solicitud de otros servicios.
Por otro lado, el tiempo de respuesta para obtener los permisos es largo. Para acceder a recursos genéticos en Colombia es necesario contar con un contrato de acceso, ya sea con fines de investigación o comerciales. A corte de 2022, el último dato disponible, existían apenas 622 contratos vigentes, de los cuales solo 15 tenían fines comerciales.
Solo 2,4 % de los contratos en Colombia son comerciales
A nivel internacional ese porcentaje es 14 veces mayor. La gran mayoría de los contratos colombianos siguen siendo con fines de investigación, no de aprovechamiento económico.
Fuente: Colombia 2003–2022 y CBD, reportes de contratos.
El mundo aceleró; Colombia se quedó quieta
Mientras los contratos internacionales se multiplicaron desde 2015, la curva colombiana se mantuvo plana.
Fuente: Colombia 2003–2022 y CBD, reportes de contratos.
Aunque el tiempo de espera ha mejorado y puede tomar en promedio 200 días, en la lógica de las empresas se traduce en pérdida de dinero. Las licencias de construcción, para tener un punto de referencia, se resuelven en un término medio de seis meses.
Los contratos se firman cada vez más rápido
En 2003 tomaba más de 1.300 días firmar un contrato de acceso a recursos genéticos; en 2022 bajó a 136. El promedio histórico es de 364 días. Datos con corte a 2022.
Fuente: MinAmbiente — promedios de duración de contratos genéticos por año.
Otro de los problemas que tiene Colombia es garantizar la cadena de suministro de elementos de la biodiversidad. “En el país hay una coincidencia entre los lugares que tienen más problemas de seguridad y carencias y donde está la mayor riqueza natural”, le dijo a La Silla Carolina García, líder de cadenas de suministro de Eco Flora.
Además, uno de los pasos previos para garantizar el abastecimiento es mapear los posibles proveedores. Y ahí también las empresas se topan con una dificultad: las normas no dialogan con los contextos territoriales. Una de las exigencias es que los proveedores tengan su propiedad formalizada, lo cual no se cumple en esos lugares.
Esa rigidez de las normas contrasta con la falta de control. Otro representante de una empresa, que pidió no ser citado por no ser vocero, le dijo a La Silla que, aunque cuentan con permiso para la movilización del material genético en el país, expedido por las CAR, nunca se los han pedido. Por eso cree que es factible que otras personas puedan tomar material y transportarlo sin autorización.
Fiorentino tiene una anécdota similar. Además del uso del fruto del dividivi para el cáncer, su empresa también ha desarrollado dos cremas para la piel de los pacientes. Desde el año pasado ella contactó al MinAmbiente para preguntarle qué proceso debía seguir para el pago de las primeras regalías generadas por esos productos, y casi seis meses después no ha obtenido respuesta.
“Yo creo que no saben a dónde debo hacer el pago y al momento de negociar las regalías tampoco era muy claro que supieran qué tenían que pedir. Arrancaron con un porcentaje muy alto que ninguna industria reconoce, el rango está entre el 0,5 y el 1% del valor neto del producto que usa material genético”, señala.
El país ha recibido poco más de $92 millones de pesos en los últimos diez años producto de contratos de acceso comerciales, según un derecho de petición que le contestó esa entidad a La Silla.
Una suma muy distante de la que han obtenido vecinos como Costa Rica o Brasil, que sí son Nagoya, a pesar de que Julián Portilla, experto en diálogos informales sobre información de secuencias digitales, señala que en general los ingresos que ha generado ese marco normativo todavía están lejos de ser ideales. De los poco más de 100 países que presentaron informes a la Secretaría del Convenio de Diversidad Biológica, sólo el 30 % han recibido algún beneficio monetario, por un total de poco más de 51 millones de dólares (menos de 200 mil millones de pesos, el presupuesto de un ministerio). De esos, la India es el que más recursos reportó: 34 millones de dólares (2 de cada tres pesos del total) en un período de 8 años, de 2017 a 2025.
Un vecino como Costa Rica, con menos biodiversidad, en un período de siete años, entre 2019 y 2025, reportó poco más de 5 millones de dólares (19 mil millones de pesos).
Quién sí ha recibido pagos por su biodiversidad
India lidera con US$34,6 millones reportados en beneficios monetarios bajo el Protocolo de Nagoya. Colombia, en contraste, reporta US$25.600. Los períodos reportados varían por país; el promedio es de 8,5 años.
Fuente: CBD — National Reports (informes 2020–2026), Question 44.A.2. Dato de Colombia: derecho de petición a MinAmbiente.
Si bien las pocas regalías recibidas por Colombia pueden ser indicativas de un uso desequilibrado de su biodiversidad a favor de la industria, muestran también la falta de impulso público a un sector que podría ser uno de los principales renglones de la economía. Aunque ningún gobierno se salva, el impulso inicial que se le dio al Fondo Cali, que sigue siendo una esperanza de corregir esa asimetría a nivel global, quedó relegado en la agenda del gobierno.
El liderazgo inicial de Colombia para monetizar la biodiversidad no se ha mantenido
Colombia, en cabeza del MinAmbiente y de la exministra Susana Muhamad, ejerció un rol protagónico a la hora de poner en la discusión la propuesta del Fondo Cali y conciliar diferencias entre países para sacar adelante un texto común, incluyendo la renuncia a que fuera vinculante.
Pero más recientemente, al preguntarle a Daniela Durán, la directora de la Oficina de Relaciones Internacionales —ORI— del Ministerio de Ambiente por el Fondo dijo: “Está como en prioridad cinco”.
Pese a ser la secretaría de la Convención de Biodiversidad la responsable de trabajar en la implementación del mecanismo, son los países los llamados a incentivar a las empresas a que aporten al Fondo Cali, los que deben mover la opinión pública para presionar su puesta en marcha también como un asunto reputacional para el sector privado, y recoger las inquietudes de los diferentes grupos involucrados, como los indígenas que se van a beneficiar de él. Esto para incidir en sus reglas de juego con una mirada aterrizada en las realidades propias de los países en desarrollo.
En algunas reuniones informales a las que ha asistido La Silla, la posición de Colombia ha sido vaga y poco estratégica en defender los intereses de los países megadiversos y con alta presencia de pueblos indígenas y comunidades locales. Tampoco ha habido apuestas claras para la implementación.
Pese a que el gobierno de Reino Unido y Chile conformaron lo que llamaron el grupo de amigos del Fondo Cali, al que se unió Colombia, para movilizar a unas primeras empresas que quieran dar el primer paso de hacer aportes, y así motivar a otras, el gobierno Petro no ha adelantado prácticamente ningún trabajo en ese campo a nivel nacional.
Más allá de una conversación de alto nivel convocada en la semana de la biodiversidad que se celebró en Cali, en octubre del año pasado, con representantes de diferentes sectores y el liderazgo de Reino Unido, en el país no se está hablando del tema.
“El gobierno no nos ha convocado a ninguna reunión”, dice Alejandro Gutiérrez, gerente de sustentabilidad de Natura Cosméticos, la empresa brasilera con sede en Colombia, insigne en el uso de la biodiversidad en ese sector. Lo mismo señala Dora Moncada, del Centro del Agua y la Biodiversidad de la Andi, el gremio más representativo de las empresas del país, quien ha estado activa en el tema: “este tema no se ha priorizado”.
Una situación que se da en un contexto del antagonismo que ha marcado la relación entre el gobierno nacional, en cabeza del presidente Petro, y el sector privado. Claudia Betancourt, de Biontropic, una aceleradora de empresas basadas en biodiversidad, aunque conoce el Fondo dice que no está involucrada en la discusión de su implementación, y la científica Fiorentino, de Dreembio, ni siquiera estaba enterada de él.
Por el lado de los pueblos indígenas, quienes conquistaron tener derecho a acceder al 50 % de los recursos que eventualmente reciba el Fondo —el porcentaje más alto asignado en esta clase de mecanismos financieros—, la realidad tampoco es diferente pese a ser un sector más cercano al gobierno.
“El gobierno no nos ha convocado, no hemos tenido ninguna reunión después de la semana de la biodiversidad de Cali; que vamos a tener alguna discusión sobre el porcentaje, sobre el mecanismo para que los recursos lleguen de forma directa, hasta ahora no”, le respondió Lina Arias, quien ha representado a estos pueblos antes en la discusión y es asesora de la Mesa Permanente de Concertación.
Esto contrasta con el liderazgo ejercido por Colombia, por ejemplo, en materia de la salida de los combustibles fósiles y la reciente cumbre celebrada en Santa Marta con delegados de casi 60 países.
Aportes sí, pero no así: las preocupaciones de las empresas para aportar al Fondo Cali
Aunque en la COP16 se aprobó adoptar el Fondo Cali, su implementación ha sido un tema de debate desde entonces. Al estar dirigido a las empresas, pero no ser vinculante, necesita tener unas reglas que funcionen como incentivos y las convenzan de que es mejor aportar al Fondo —que es un mecanismo multilateral— que seguir haciendo acuerdos bilaterales y pagos a los países donde cada empresa está registrada. Eso también pasa con los gobiernos que tienen una normatividad robusta, como Brasil: necesitan estar seguros que los pagos que ya reciben por el uso de su biodiversidad no se van a reducir.
Las empresas tienen al menos dos incentivos grandes para echar a rodar el Fondo Cali. Uno es que esto contribuya a mantener abierto el acceso a las bases de datos donde reposa la información genética de las especies (el ADN de cómo funcionan y para qué sirven) para mantener así la innovación y el desarrollo científico. El otro es evitarse tener que conocer la normatividad de cada país y tener que hacer acuerdos privados con cada uno para acceder a su diversidad biológica.
Aún así, hay muchas dudas. “El Fondo Cali llevó la discusión muy lejos, pero ya en detalle hay muchas preguntas aún pendientes de respuesta. Las soluciones de ayer son los problemas de mañana”, dice Julián Portilla, miembro de la iniciativa de diálogos informales sobre DSI, que busca promover espacios entre los diferentes actores involucrados para contribuir a la implementación del mecanismo.
Una de las discusiones grandes tiene que ver con la forma como se calcula el aporte que tienen que hacer las empresas que cobija el Fondo Cali, esto es las que cumplan dos de tres requisitos: tener más de 20 millones de dólares de activos (87 mil millones), ingresos anuales por 50 millones de dólares (196 mil millones) o ganancias por cinco millones de dólares (21 mil millones), en promedio según los últimos 3 años. Las empresas podrán escoger entre pagar un 1 por ciento de sus utilidades o un 0,1 por ciento de sus ventas.
Como quedó planteado en el documento que acordaron las partes, la fórmula aplica de la misma forma para todos los sectores de la economía que se presume que usan directa o indirectamente información genética digitalizada de las plantas, microorganismos y hongos para producir sus bienes o servicios.
Pero Natura Cosméticos, por ejemplo, la empresa brasilera, cree que el porcentaje del aporte debe ser diferenciado por sector, según el uso que hace cada uno del material genético.
En el cosmético, Alejandro Gutiérrez, director de sostenibilidad de Natura, sostiene que por lo menos en esta empresa este tiene un peso de menos del 10 % del total de sus productos, versus el farmacéutico que es intensivo en el uso. El valor sugerido de pago actualmente está pensado para que aplique sobre el total de ingresos o utilidades, lo cual no tendría en cuenta estas realidades.
También está el caso de una empresa que usa información genética digital que le vendió otra empresa, para elaborar un suplemento alimenticio. Es decir que se beneficia, indirectamente, del material. Ahí no es claro si también debería hacer un aporte y de cuánto, explica Portilla.
En la misma línea, pone el caso de una petroquímica que decide abrir una línea de productos a base de biocombustibles para experimentar. No es para nada argumentable que debería hacer aportes sobre el total de sus ingresos o utilidades más allá de las que hacen uso de DSI.
Al mismo tiempo, Portilla llama la atención sobre una contradicción implícita en el hecho de que algunas empresas argumentan que es imposible rastrear el uso del material genético que hacen, pero cuando quieren señalar que no es tanto sí logran identificar su peso en la producción de sus bienes y servicios.
En términos de los beneficios para las comunidades, Natura tiene acuerdos con aquellas de dónde ha sacado el material genético. Al empezar a hacer aportes al Fondo, esa relación más directa se perdería, pues los recursos irían a una bolsa común con otras reglas de distribución a nivel global.
No es una cuestión menor, porque de por medio está que las empresas puedan garantizar su cadena de suministro. Construir una relación más directa con las comunidades que les proveen las plantas o los frutos redunda en una mayor fidelización, que a la larga el Fondo Cali podría poner en riesgo.
Todavía no está claro tampoco cómo se hará la distribución entre los países. La secretaría del Convenio de Biodiversidad está trabajando en una fórmula que mezcla: cantidad de riqueza natural, origen de las especies de las que se extrae la información, necesidades diferenciadas de fondos para conservar la biodiversidad y aportes de las comunidades en terreno para desarrollar ese conocimiento y conservar las especies.
En principio, los países en desarrollo con una alta riqueza natural deberían ser los primeros beneficiarios, pero dentro de estos están priorizados, a su vez, los pequeños Estados Insulares del Pacífico, con unas necesidades mayores para financiar la conservación de su biodiversidad.
Aún así esto no necesariamente es bueno para todos. Brasil es el país más megadiverso del mundo y hoy tiene asegurado un flujo de recursos grande por las empresas que usan su biodiversidad. Con el Fondo aún no es claro que esa cantidad se mantenga porque la tasa es “indicativa” y puede haber empresas que paguen menos incluso, según Patrick Luna, diplomático de ese país.
Otro punto importante de ese país ha sido que la asignación de recursos no siga la lógica de la cooperación internacional —donde los gobiernos y comunidades indígenas y locales tienen que aplicar a ellos a través de proyectos y luego presentar informes de ejecución—. Lo ideal, en cambio, es que esos aportes irriguen directamente las finanzas públicas de los países. En este punto, para los pueblos indígenas habría una diferencia si pueden recibir recursos directamente a través de sus propias organizaciones o instituciones o si deben hacerlo a través de los gobiernos de los países.
Otro asunto importante es que las empresas necesitan tener certeza de que aportar al Fondo les valga como el pago de regalías que hoy muchas hacen directamente a los gobiernos de sus países, es decir, que no haya doble contabilidad. Eso requiere que los países adopten dentro de su andamiaje institucional y normativo al Fondo Cali, y que puedan tener como válida para efectos internos la respectiva constancia de pago.
De acuerdo a Andrea Noy, consultora del BID en temas de biodiversidad, y antes oficial de los mismos temas de la Embajada de UK, donde trabajó en el tema, las empresas también expresaron preocupación en la semana de la biodiversidad de Cali, del año pasado, frente a dar el primer paso, bien porque un aporte demasiado alto podría poner la vara muy alta para el resto, o porque uno muy bajo tendría un riesgo reputacional.
La implementación del Fondo Cali va en hacer un piloto primero
Tras un año y medio de conversaciones, hacia donde se está encauzando la discusión es a la puesta en práctica de varios modelos de piloto por un tiempo de entre uno y tres años, con miras a documentar su funcionamiento para que en la COP18, en 2028, pueda adoptarse un mecanismo de forma definitiva.
Es común hacer pilotos. Ese ha sido el caso del Fondo para el Medio Ambiente Mundial —GEF—, el Fondo Verde para el Clima o el Fondo de Pandemia, aunque normalmente los fondos ya están establecidos y se ponen a prueba aspectos de los mismos, no el mecanismo como tal, como sí ocurriría con el Fondo Cali. El otro reto es que la mayoría de experiencias con fondos que hay son con donaciones o aportes de gobiernos y filantropía y no de empresas.
La idea es probar un sistema de gobierno que sea representativo de todos los sectores involucrados: gobiernos, sector privado, pueblos indígenas y comunidades locales, y científicos. Ensayar cómo se recibirían las contribuciones de las empresas; identificar obstáculos para que participen, y testear incentivos como certificados de cumplimiento que den seguridad jurídica y reconocimiento público. Simular cómo se distribuirían los recursos tanto a países en desarrollo como a comunidades y evaluar criterios de asignación. Hacer seguimiento al impacto que tengan esos recursos en la conservación de la biodiversidad. Ensayar cómo registrar y valorar aportes no monetarios como transferencia tecnológica, creación de capacidad, publicaciones conjuntas.
Lo que ya es, prácticamente, un hecho es que el Fondo no entrará a regir para la COP17 de biodiversidad que se realizará a finales de este año en Armenia, Azerbaiyán. Y que si para la COP20 no hay mecanismos funcionando, quienes acompañan el proceso “estarían fritos”, dice Portilla.
Mientras tanto el próximo gobierno seguirá teniendo en su mesa la posibilidad de impulsar el único sector en el que Colombia tiene una verdadera ventaja comparativa frente a los demás, gracias a su biodiversidad.
Herramienta: mención de biodiversidad de Amazonía colombiana en patentes mundiales
Cada hoja parte del punto de colecta del material genético en Colombia y vuela hacia el país que registró la patente. Filtra por país de destino o por si la especie está dentro de un resguardo indígena.
Para construir este mapa, La Silla cruzó las solicitudes de patentes registradas ante la USPTO (2000–2025) que mencionan especies o subespecies endémicas de la Amazonía colombiana —según la base de datos de Biodiversidad del SIB del Instituto Humboldt—, identificó su ubicación geográfica de colecta y la cruzó con los polígonos oficiales de los resguardos indígenas registrados por el Igac. Cada hoja animada representa una patente: parte del punto exacto donde se reportó la especie y viaja hasta el país de la oficina donde quedó registrada.
Fuente: USPTO (United States Patent and Trademark Office) · Resguardos: Igac · Especies: SIB Colombia (Instituto Humboldt).
Cada hoja viaja desde su punto de colecta en Colombia hasta el país que registró la patente. El color indica el resguardo de origen; el tamaño de los círculos es proporcional al número de patentes. Arrastra para mover y usa la rueda o los botones para hacer zoom. 2910 registros visibles.
Aunque esta mención de especies es un acercamiento o indicador y no es una medida exacta de su uso —lo que requiere revisión caso por caso—, el resultado da una noción de la dimensión del peso de la biodiversidad colombiana en la industria global.
Esta investigación fue realizada gracias al apoyo de Internews Earth Journalism Network.
